29 julio 2008
Estamos en Corsa, y como en el pequeño jardín tenemos un árbol, un gran árbol que casi no cabe en el pequeño espacio de que disponemos en el exterior de la casa, buena sombra si que nos da, pero casi no deja pasar el aire y por la noche nos priva de ver las estrellas, espectáculo que es digno de admirar desde la cama completamente en la horizontal y con ese silencio natural que solamente es comparable al que recuerdo de la época de mi niñez cuando pasaba en el campo de mi tía Encarna la recogida, el trillar del trigo y la cebada. Dormíamos sobre la paja , en la era, sobre mantas y también se colocaba una techumbre con una lona para evitar el rocío. Desde allí también contemplaba las estrellas ese firmamento infinito cuajado de estrellas, solamente he contemplado el cielo en estos dos sitios con tanta claridad y con tanta intensidad de estrellas.
He empezado por el árbol y me he ido por las ramas. Para mi tema de hoy que es sobre los vehículos que de una manera ó de otra participó mi padre, bien haciéndolos ó experimentándolos., Pero antes quiero hacer algunas reflexiones sobre el ser humano por su tendencia a permanecer subido sobre algo. Mucho se ha dicho sobre la procedencia del hombre que procede del mono, no pongo en duda esta hipótesis , pero también añadiría que está muy vinculado con el árbol. Observando cualquier individuo que vaya por cualquier lugar con los pies sobre el suelo caminando, se le ve inseguro, su paso es irregular, duda si ir más hacia la derecha ó hacia la izquierda, continuamente mira para todas partes, teme que en cualquier momento ser abordado por algo. En definitiva que el hombre necesita estar elevado y tanto si antes fuera mono ó no, otra especie diferente, su hábitat estaba en las alturas, lo más seguro un árbol. Pues bien, ante esa inseguridad por los suelos, el hombre desde que empezó a pensar e inventar, gran parte de su cerebro lo dedicó a buscar un artefacto donde sentirse seguro, que lo alejara del suelo y la vez que con un esfuerzo adicional lo transportara de un lugar a otro. Primeramente pensaría en buscar al animal más fácil de dominar y que a la vez pudiera soportar su peso, luego pensaría en otro mayor para toda la familia o toda la tribu y también para llevar carga. Así con el paso de los tiempo, la historia nos relata como los elefantes llegaron a emplearse para la guerra, ya después el caballo y demás animales de tiro han sido los portadores de los seres humanos y así hemos llegado hasta nuestros días en los que el hombre se siente feliz con solo separarlo dos palmos del suelo. Nada más hay que observar la cara de satisfacción que llevan todos los porteadores de cualquier ciclomotor ya no se sienten inseguros sus dos palmos separados del suelo y dejando atrás la inseguridad, eso si la cara siempre ladeada hacia la izquierda y de reojo vigilando la retaguardia, ya de frente no te pueden sorprender, te la ves venir y te pílla preparado. Los que van en moto igualmente tampoco necesitan más de dos palmos para sentirse seguros, ni siquiera tienen que mirar para atrás , con la potencia del motor se aleja en un santiamén de cualquier cosa, que crecido se siente el piloto con el supercasco y sobre la moto aunque luego cuando pare y se ponga de pié sobrepase a la moto en dos palmos más. Por lo que respecta al automovilista también se cumple la constante de los dos palmos, el hombre se siente más seguro incluso se hace agresivo se siente protegido como una tortuga dentro de su concha y no digamos de los conductores de los todo terreno, estos son los reyes de la carretera y debe ser porque han superado la separación del suelo con algún palmo más.
Después de lo expuesto se puede deducir que es innato en el hombre el ir sobre alguna cosa, bien por comodidad o seguridad y como es natural en los años cuarenta había una gran inquietud por tener un vehículo, se empezó por la bicicleta pero el sueño era un cochecito. El tal cochecito pero partiendo de la bicicleta, en aquel entonces ni se pensaba en un pequeño motor por que no existían para nada, los pocos coches y motos que habían eran de grades cilindradas. Mi padre me fabricó un vehículo de cuatro ruedas , el chasis lo componían dos tablas ensambladas formando una T y con dos ejes, el delantero que iba con un tornillo en el centro de la pata de la T , de manera que con los pies pudiera girar, pues era la dirección que tenia , la parte trasera lo componían la unión de las dos tablas, por la parte de abajo quedaba acoplado el eje sobre cada extremo de la tabla (llevaba el eje un cojinete a cada extremo), en el centro del eje había un piñón libre de bicicleta, en la pata de la T próximo al eje delantero había una ranura por donde pasaba una palanca vertical que era la que accionaba una cadena que pasaba por el piñón y luego su extremo se sujetaba a un muelle que cedía cada vez que se accionaba la palanca de delante hacia atrás, de esta manera alternativa se impulsaba este vehículo y con los pies en el eje delantero se dirigía. Las ruedas eran de madera y para darles mas fortaleza estaban compuestas en dos partes y encoladas de manera que la veta de la madera fuera en posición radial, en el centro los espacios para acoplar los cojinetes. La parte de rodaje iba con aro de hierro , así que el ruido era como cualquier carretilla. Este chisme como era pesado para llevar siempre lo tenia en el patio de casa y cuando lo sacaba a la calle siempre tenia un copiloto a la espalda que empujaba y luego frenaba cuando había necesidad. No recuerdo cuanto tiempo disfrute de el ni cuando desapareció, supongo que al marchar a San Javier se quedaría en Alcantarilla por algún rincón..
El proyecto de mi padre visto en los planos que el mismo dibujó en un papel excelente con tinta china, con compás y tiralíneas, era extraordinario, contemplarlo impresionaba, ya te veías metido dentro y agarrando el volante como si de un bólido se tratara, y con la vista fija en la carretera para mantener recta la dirección. Era tanta la ilusión que desde un principio todo se hizo como si se tratara de una gran empresa, amigos y conocidos se ofrecían para colaborar desinteresadamente, siempre suele ocurrir en épocas de vacas flacas tener un aliciente que te llene de ilusión y esperanza. Estos momentos de euforia se calmaron y la verdad, pasaron unas semanas que parecía todo olvidado, cuando una tarde aparece mi padre con paquete alargado envuelto con papel algo grasiento. Venia rebosante de alegría con la pieza fundamental del coche, el eje con sus correspondientes piñones tanto los fijos como los libres, a partir de aquí ya se podía comenzar el chasis, pues todas las medidas dependían de este eje que es el motriz, aquí va la fuerza de los pedales y del eje a las ruedas traseras.
No pasaron muchos días para que mi padre cada tarde apareciera con los listones de madera que conformarían el chasis del futuro coche y los tornillos para su ensamblaje. Creo que relatar los pasos de su construcción solo puede interesar a unos pocos, pues a la mayoria los temas técnicos les resultaría tabarroso, así que me limitaré a alguna anécdota entre lo divertido y lo cómico.
Todavía no teníamos el coche montado para probarlo, cuando a mi padre le dejaron un coche fabricado en Bilbao y que llegó a comercializarse, la prueba está en que este amigo de mi padre adquirió uno, y con el fin de que lo probara y estudiara se lo dejó una temporada.
El coche referido había que ir a buscarlo a Murcia y la distancia desde Alcantarilla son de siete kilómetros sin pendientes de importancia, un terreno llano y desde la salida de Murcia hasta Alcantarilla prácticamente es una recta continua, ni la distancia ni la carretera presentaban ninguna dificultad, eso sí, algo incomoda por ser la calzada de adoquines, que para un vehículo de estas características, sin suspensión y unos asientos sin muelles resultaba algo incomodo, pero esto no fue lo comentado, lo que verdaderamente dio que hablar fue la expectación que causaba a lo largo del recorrido por todos los sitios que pasaban. Solamente me voy a referir a la llegada a Alcantarilla a la puerta de casa. Mi padre escogió como copiloto a mi tío Marcos (marido de mi tía Encarna) que desde la perspectiva actual yo lo veo como un mal candidato, ya que ni era deportista ni aventurero y mucho menos le gustaba ser protagonista, y en esta ocasión tuvo que afrontar todos estos papeles. A mi me sorprendió la llegada, estaba totalmente ajeno, pues lo normal es que hubiera estado esa tarde desde bien temprano a la espera en la puerta, no fue así, estaba dentro de casa, pero era tal el alboroto que llegaba hasta el interior de la casa, cosa que me hizo bajar rápidamente a la calle para ver que pasaba, y la sorpresa fue ver el coche, a mi padre y mi tío dando explicaciones a todos los conocidos y no desconocidos que se acercaron, más un sequito de crios que desde el principio de la calle mayor les habían seguido e incluso les habían empujado, pues venían bastantes cansados. En aquellos momentos mi ilusión era subirme al coche y que me pasearan, era como un gran juguete nuevo que quieres disfrutar subiéndote a él, pero lo que es aquella tarde solo estuve subido y paseado, el tiempo de entrarlo por la puerta y llevarlo hasta el gran patio donde quedó aparcado hasta el día siguiente.Los días que sucedieron al disponer de coche en casa y la disponibilidad de un patio suficientemente grande como para dar vueltas como un mini circuito hizo, que pasara gran parte del tiempo libre en el patio, tanto por la mañana como por la tarde, cuando regresaba de la escuela, cogía la llave del candado y para el patio. Como es natural no iba solo, había sus compromisos con los amigos y tuve que organizar unos turnos, y un limite máximo de tres, con el fin de que todos participaran, unas veces uno como copiloto y los otros dos , como motor auxiliar, empujando, como es natural salvo breves excepciones, siempre me reservé la plaza de piloto, la de máxima responsabilidad, entre otras cosas, para que en caso de accidente con daños, que las culpas las asumiera yo, así evitaba el rapapolvos que por de dejar el coche en manos extrañas pudieran pasar estas cosas, en cambio a mi se me consideraba experto y con experiencia por los vehículos que había tenido, bicicletas y el cochecito guiado con los pies, que ya relate en otro capitulo. No se los kilómetros que llegamos a recorrer , pues aquel circuito calculo que tendría un perímetro de setenta metros, había que dar muchas pedaladas para dar una vuelta y creo que nos hubiéramos cansado muy pronto de no tener la fuerza complementaria que empujaba. El coche lo tuvimos como cuatro meses, en el supuesto de que hiciéramos , dos kilómetros al día y calculando unos ochenta días, supone unos ciento sesenta días, que barbaridad, con tanto tiempo que ha pasado es difícil establecer un resultado justo.
lunes, 19 de enero de 2009
lunes, 17 de noviembre de 2008
DEL TRICICLO A LA BICICLETA
Hoy relataré mis comienzos con el triciclo y la primera bicicleta. Solamente tuve un triciclo y calculo que fue después de la guerra cuando me lo compraron , año 1940 o 1941, fue un buen triciclo todo metálico de hierro, la rueda de delante más grande que las de detrás, todas ellas con radios, lo más sencillo era el sillín, de madera sin tapizar, pura y dura madera, el manillar llevaba la empuñadura también de madera, más simple no podía ser y de mantenimiento, unas gotas de aceite en los ejes de las tres ruedas y los pedales y a rodar. Al principio mi lugar de paseo fue en la entrada de la casa, también en el patio y finalmente salí a la calle por la amplia acera. Lo que si recuerdo es que me pasaba horas y horas con el, encontraba muy divertido el ir de un lugar a otro visitando a todo el vecindario, pues todo el mundo tenía palabras halagadoras que te animaban a correr y a demostrar el dominio con el triciclo. Cuando mi padre vio que el triciclo me quedaba pequeño, pensó en una bicicleta de dos ruedas, pero en aquel entonces no era nada fácil comprar una bicicleta del tipo que fuera, ni nueva ni vieja, pero tenía un amigo que tenía un taller de reparaciones en general y el le consiguió una, pero que bicicleta, cuando la trajo a casa y la vi me quedé mirándola sin saber que decir, y cuando subí en ella, como tenía que aprender, pensaba que nunca iría con ella. Esta bicicleta solo tenía freno en la rueda de atrás y los neumáticos estaban muy mal, sobre todo el de delante, llevaba un remiendo con un trozo de cubierta cosido con el llamado hilo de “palomar” y por varios sitios también llevaba cosidos para sujetar el aro de alambre con la cubierta, las cámaras creo que eran de otras mayores que habían acortado pues llevaban bastantes parches, en fin una ruina de bicicleta. No recuerdo cuanto me costó dominar la bicicleta, lo que si tengo muy presente es que me entusiasmó tan pronto como me vi capaz de dominarla. Los primeros tiempos me limitaron a no salir de la acera ni cruzar la calle, así que disponía de unos 200 metros que eran más que suficiente para ir y venir hasta cansarme. Pronto tuve un amigo que como yo tenía bicicleta y a partir de aquí comenzamos a ir juntos, unas veces iba a buscarlo y otras lo hacia el , de esta manera poco a poco ampliábamos las rutas, pero en muchas ocasiones tenía que volverme andando por culpa de un pinchazo y ya hasta que no estuviera mi padre para arreglarlo me quedaba sin poder salir. Como el pinchar era frecuente y a veces sucedía nada más comenzar, un día era tanto la ansiedad que tenía por volver a salir que me atreví a hacer la reparación, lo había visto tantas veces que no tuve la menor duda de que lo conseguiría , y así fue , aflojé las turcas, saqué la rueda, con los desmontables conseguí sacar la cubierta, después la cámara , la infle , la metí en una palangana con agua, y enseguida vi donde había pinchado, poner el parche , ya fue coser y cantar, limpiar la goma raspando con un trozo de lija, poner la disolución y esperar que se seque, por último poner el parche. El montaje me costó un poco más, pero lo logré también , que feliz me sentí con este triunfo y que salto tan grande había logrado en el conocimiento de la bicicleta, así poco a poco aprendí toda la mecánica y desde entonces, de no ser que se estropeen las piezas no voy a ningún taller, lo que es ponerla a punto, lo hago yo .
La bicicleta se convirtió en mi pareja inseparable desde el momento que no tuvo secretos para mí, a todas partes iba con ella, incluso los recados eran para mi una diversión no importaba el momento ni lo que estaba haciendo, todo lo dejaba con tal de irme a la calle y pedalear, hice tanto ejercicio que adquirí una gran forma física y mi padre me propuso hacer una excursión que nos llevara a algún sitio, ver parajes nuevos y llevarnos la comida para reponer fuerzas, y no tener prisas para volver, ir a nuestro aire disfrutando del paisaje y de las sorpresas que se pudieran presentar. Nos preparamos para todo evento, averías, lesiones y para la temible “Pajara”, pues como Pajarones que éramos ya la conocíamos como parienta lejana.
Mi padre eligió ir a un pueblo llamado “El Palmar”, que dista de Alcantarilla siete kilómetros y por una carretera que en aquel entonces era para exclusivo uso del Ejercito del Aire, que unía la Base con unas dependencias situadas en El Palmar, por lo tanto no suponía ningún riesgo el transitar por ella, ignoro si mi padre tenía algún pase especial para poder hacerlo, el caso es que tanto a la ida como a la vuelta, fuimos solos y tampoco nos cruzamos con ningún vehículo del ejercito. Fue un paseo maravilloso por una zona muy frondosa y el día espléndido, tampoco tuvimos ningún percance, así que todas las paradas solo fueron para descansar y reponer fuerzas. Recuerdo este día como algo trascendental, fue como un bautismo que me marcó para siempre, ya que en la actualidad continuo haciendo mis paseos en bicicleta con el objetivo de ir a algún sitio donde esté presente la naturaleza en silencio y sin agobios urbanos.
La bicicleta se convirtió en mi pareja inseparable desde el momento que no tuvo secretos para mí, a todas partes iba con ella, incluso los recados eran para mi una diversión no importaba el momento ni lo que estaba haciendo, todo lo dejaba con tal de irme a la calle y pedalear, hice tanto ejercicio que adquirí una gran forma física y mi padre me propuso hacer una excursión que nos llevara a algún sitio, ver parajes nuevos y llevarnos la comida para reponer fuerzas, y no tener prisas para volver, ir a nuestro aire disfrutando del paisaje y de las sorpresas que se pudieran presentar. Nos preparamos para todo evento, averías, lesiones y para la temible “Pajara”, pues como Pajarones que éramos ya la conocíamos como parienta lejana.
Mi padre eligió ir a un pueblo llamado “El Palmar”, que dista de Alcantarilla siete kilómetros y por una carretera que en aquel entonces era para exclusivo uso del Ejercito del Aire, que unía la Base con unas dependencias situadas en El Palmar, por lo tanto no suponía ningún riesgo el transitar por ella, ignoro si mi padre tenía algún pase especial para poder hacerlo, el caso es que tanto a la ida como a la vuelta, fuimos solos y tampoco nos cruzamos con ningún vehículo del ejercito. Fue un paseo maravilloso por una zona muy frondosa y el día espléndido, tampoco tuvimos ningún percance, así que todas las paradas solo fueron para descansar y reponer fuerzas. Recuerdo este día como algo trascendental, fue como un bautismo que me marcó para siempre, ya que en la actualidad continuo haciendo mis paseos en bicicleta con el objetivo de ir a algún sitio donde esté presente la naturaleza en silencio y sin agobios urbanos.
viernes, 24 de octubre de 2008
LA MESITA DE ESTUDIO
Hoy hablaré de mi mesita de estudio. Lo cito a continuación de mi paso por la carpintería por haber sido concebida en parte allí. Parece ser que mi padre le habló al “Pedro”, el hacerme una mesa para estudiar y también que sirviera para guardar los libros, cuadernos y demás pertenencias escolares, pero aprovechando una mesita que teníamos en casa, de aquellas que no sabes donde ponerla, no es que fuera fea o de mala calidad, era simplemente que por su estilo y tamaño, no te servía para nada, se componía del tablero y las cuatro patas, pero tenia unos travesaños que unía dos patas por cada lado y luego un enrejado a base de tiras de madera que iban del tablero hasta el travesaño, si mirabas la mesa de perfil te daba la sensación de que era una jaula y si la mirabas de frente prácticamente no veías nada , un trazo horizontal y dos trazos verticales a cada extremo. De este proyecto yo no sabía nada, me enteré cuando ya estaba casi terminada por que la vi barnizada por un rincón de la carpintería y por que reconocí la mesita y desde luego no pegaba ni con cola, hubiera sido mucho mejor inspirarse en el popular pupitre que en aquella época se estilaba y pintarlo de un color alegre y llamativo, pues conociendo la actividad que allí se realizaba no podía salir otra cosa que no se pareciera a un ataúd con patas y un intenso olor a nogalina y barniz , y para más escarnio llevaba grabado en la tapa mis iniciales “R.P.D.”.Esta célebre mesa me acompañó hasta que marché a Madrid en el año 1949, pero para mi siempre fue un cajón de trastos.
lunes, 6 de octubre de 2008
Mis primeros pasos de carpintero
El relato de hoy comprende mis primeros pasos en la carpintería, recoge momentos vividos en diferentes días y en diferentes años resumido y citando lo más relevante de lo acontecido durante los años 1942 a 1945.
La carpintería donde pasaba prácticamente el día, estaba situada en la misma acera y a tres casas de donde yo vivía en la calle mayor, mi numero era el 99 y el otro el 93, como no tenia que cruzar la calle no tenia ningún impedimento en casa para que pudiera ir libremente, también sabían que de allí no me movería y si lo hacía era con el “Paco”, cuando iba de recados, era mayor que yo, me llevaba cinco años y por lo tanto tenía más experiencia por ser mayor y por estar más acostumbrado a pasar fatigas.
Esta familia la componían cinco miembros, la madre viuda y cinco hijos, tres varones y dos hembras, como apodo eran conocidos por los “Manteca”. El padre fue el origen de este sobre nombre por estar extremadamente delgado y al ser alto se acentuaba más su delgadez. Se fue de emigrante a la argentina y al retornar se estableció aquí y puso la carpintería, ignoro si el oficio lo desarrolló allí , pero imagino que sí ya que a su vuelta venía hablando “ Guachindango” , y se hizo muy famoso por la forma de dar el pésame cuando asistió a su primer entierro, esta era la frase”Me asosio al dolor que le aqueja ¡caray¡. Esta frase la he escuchado infinidad de veces a mi familia , cuando salía a relucir cualquier tema referente a esta familia. Yo no llegué a conocer a este señor, solo tengo en la memoria, a la madre y los hijos. De los hijos menos el mayor que trabajaba en la ferretería, los demás estaban en casa . la madre y los dos hijos al negocio y las hijas dedicadas a la casa, aunque en los momentos de urgencia todo el mundo colaboraba, se comprenderá el porque, la tal carpintería se dedicaba de pleno a la fabricación de ataúdes y había encargos que por sus acabados mejorados requería la intervención de todos y el reloj tampoco contaba, todo era trabajar sin descanso hasta terminar.
La planta baja de la casa toda ella podía decirse que era lugar de trabajo. Nada mas traspasar la puerta de entrada, ya se veían dos bancos de trabajo donde se cortaban y se cepillaban las tablas, todo manual no había ningún tipo de máquinas, me encantaba ver la cantidad de virutas esparcidas por el suelo todas ellas enroscadas como tirabuzones. De esta estancia se pasaba al lugar donde debía estar el comedor, pero también era lugar de acabado de los ataúdes, sobre dos caballetes se ponía la parte inferior y allí se tapizaba su interior, en el exterior se ponían las agarraderas laterales , las iniciales del difunto etc. vi en muchas ocasiones las combinaciones que se hacían para confeccionar alguna letra de la que no se disponía. Del comedor se pasaba por un pasillo hacia el patio, también había en este pasillo una escalera que descendía a un sótano en donde se guardaban apilados muchos ataúdes algunos muy lujosos, no me gustaba este lugar y pocas veces lo visité. En el patio había una parte cubierta que era la destinada al taller y el resto al descubierto y lleno de trastos, era un lugar no frecuentado a no ser que fuéramos a dar de comer a unas gallinas que estaban encerradas en jaulas. Referente a los trastos acumulados en el patio, abundaba todo lo que fuera de madera, muchos cajones de embalaje era la fuente de provisión de tablas para el fondo del ataúd y los clavos para clavarlas. Precisamente en los clavos tuve una de las primeras experiencias en estos menesteres, una vez desmontados los cajones las tablas se ordenaban por su tamaño y grueso, los clavos en una caja y como muchos estaban torcidos había que enderezarlos, aquí entraba yo de lleno, recibí las enseñanzas oportunas y sentado en el suelo con trozo de vía del tren que pesaba lo suyo, apenas la podía arrastrar, me disponía a dar martillazos a los retorcidos y escurridizos clavos, hay que ver como resbalaban y salían disparados, gracias a las repetidas recomendaciones del “Paco” que estaba muy pendiente de mi, no me chafé ningún dedo, continuamente me decía, sujeta el clavo con la mano izquierda por el lado de la punta y con el dedo moviéndolo hacia delante ó hacia atrás se va girando y con el martillo golpeas la parte curvada, y es verdad , pues cogiendo el clavo por la cabeza si se gira al dar el golpe te puede hacer mucho daño. Muy pronto me hice un experto enderezando clavos, además me gustaba la música del tintineo del martillo sobre el trozo de vía, marcaba un compás mientras posicionabas el clavo entre golpe y golpe, esta practica ya la conocía de los herreros al tiempo que forjan una barra de hierro al rojo mientras cambian de posición golpean sobre el yunque, que riqueza de sonidos, en cambio ahora no se puede decir lo mismo del ruido monótono de las máquinas. Como cosa anecdótica a este relato y a mi relación con el martillo, añadiría el accidente que tuve no trabajando si no por salirme de el. En uno de esos descansos que te tomas para variar de postura, me puse de pié pero sin soltar el martillo y sobre un poste de madera que sujetaba un alero del tejado, me puse a golpear el poste y por lo visto me hizo gracia la vibración que hacia, como niño que era y como todos los niños un “pelmazo”, repetí sin descanso hasta que de “golpe y porrazo”perdí el conocimiento, no sé el tiempo que permanecí así, cuando desperté me vi rodeado por todos y con la cabeza mojada y el pañuelo sobre la coronilla, de los golpes se desprendió un trozo de teja y me golpeó la cabeza, menos mal que solo fue un trozo si llega a ser entera la teja de aquellas que llaman “alicantinas” que son rectangulares, posiblemente ahora no estaría contando aquí estas cosas. Otra cosa que aprendí enseguida fue, el preparar la cola nos situábamos en un lugar despejado, limpio de virutas y demás sustancias combustibles, había que hacer fuego para calentar la cola, las propias virutas y recortes de madera era suficiente para organizar una mini fogata, tanto Pedro como Paco, preparaban el fuego como el cacharro donde se fundía la cola, el recipiente no podía ser más llamativo, al menos yo lo veía así, era como un cazo profundo con tres patas fijas en el , quedaba parado y por debajo se montaba la pira, tanto las patas como el resto estaba recubierto de la cola que rebosaba al hervir y ennegrecida por el humo y el fuego que acababa solidificándose, dejando el cacharro con un aspecto rugoso y deforme muy propio de laboratorio de una bruja sobre todo cuando hervía la cola, con un color marrón negruzco con su espuma blanco sucio y en medio de los borbotones la brocha danzando de un lado a otro, que espectáculo, yo me quedaba extasiado mirando el baile maldito de la brocha que daba verdadero asco el agarrárla para impregnar algo para encolar, había que lavarse las manos después de utilizarla para evitar que las manos se rebozaran con el serrín presente por todas partes.
Otro utensilio llamativo era la piedra de afilar circular de 40 o 50 centímetros de diámetro, estaba montada verticalmente sobre una bancada donde se apoyaba el eje que en un extremo acababa con forma de manivela y un espacio para ajustar una biela que conectaba a un pedal que era accionado por el propio afilador, el sistema era similar al que normalmente usaban los afiladores profesionales que por las calles vociferaban “afilador y paragüero”, se arreglan etc., la diferencia estaba en la piedra, esta afilaba con agua, en la propia bancada llevaba como un cajón con agua y siempre la parte inferior de la piedra estaba sumergida y en su rodar arrastraba el agua que ayudaba a afilar las cuchillas de los cepillos , los formones y demás herramientas de corte. Yo no afilaba en aquel entonces pero si era el que ponía la pierna para hacer funcionar este cachivache que al ser un movimiento alternativo tenías que ir muy sincronizado para no perder el pedal y para mantener unas revoluciones constantes. A todo lo descrito solo me cabe añadir que todas las funciones las dominé en muy poco tiempo y encajé perfectamente en el sistema, pronto ayudé a serrar, cepillar y lijar. Pasada la época de aprendizaje yo era una especie de comodín y atendía al que necesitaba ayuda, una de las cosas que más me divertía era poner las tablas del fondo, se empezaba siempre por la parte más ancha colocando la tabla sobre el ataúd y con un lápiz se marcaba la tabla y a continuación se cortaba la parte sobrante y quedaba lista para clavar, así una tras otra hasta completarlo, siempre había dos o tres en esta fase. Recuerdo como cosa relevante que cada tarde a la hora de la siesta me llevaba un montón de tebeos y hasta la hora que se reanudaba el trabajo nos situábamos en un ataúd a leer los tebeos, poníamos una tabla inclinada que hacía de respaldo y tan cómodamente nos ensimismábamos en la lectura , también nos quedábamos dormidos ante el silencio que reinaba.
La carpintería donde pasaba prácticamente el día, estaba situada en la misma acera y a tres casas de donde yo vivía en la calle mayor, mi numero era el 99 y el otro el 93, como no tenia que cruzar la calle no tenia ningún impedimento en casa para que pudiera ir libremente, también sabían que de allí no me movería y si lo hacía era con el “Paco”, cuando iba de recados, era mayor que yo, me llevaba cinco años y por lo tanto tenía más experiencia por ser mayor y por estar más acostumbrado a pasar fatigas.
Esta familia la componían cinco miembros, la madre viuda y cinco hijos, tres varones y dos hembras, como apodo eran conocidos por los “Manteca”. El padre fue el origen de este sobre nombre por estar extremadamente delgado y al ser alto se acentuaba más su delgadez. Se fue de emigrante a la argentina y al retornar se estableció aquí y puso la carpintería, ignoro si el oficio lo desarrolló allí , pero imagino que sí ya que a su vuelta venía hablando “ Guachindango” , y se hizo muy famoso por la forma de dar el pésame cuando asistió a su primer entierro, esta era la frase”Me asosio al dolor que le aqueja ¡caray¡. Esta frase la he escuchado infinidad de veces a mi familia , cuando salía a relucir cualquier tema referente a esta familia. Yo no llegué a conocer a este señor, solo tengo en la memoria, a la madre y los hijos. De los hijos menos el mayor que trabajaba en la ferretería, los demás estaban en casa . la madre y los dos hijos al negocio y las hijas dedicadas a la casa, aunque en los momentos de urgencia todo el mundo colaboraba, se comprenderá el porque, la tal carpintería se dedicaba de pleno a la fabricación de ataúdes y había encargos que por sus acabados mejorados requería la intervención de todos y el reloj tampoco contaba, todo era trabajar sin descanso hasta terminar.
La planta baja de la casa toda ella podía decirse que era lugar de trabajo. Nada mas traspasar la puerta de entrada, ya se veían dos bancos de trabajo donde se cortaban y se cepillaban las tablas, todo manual no había ningún tipo de máquinas, me encantaba ver la cantidad de virutas esparcidas por el suelo todas ellas enroscadas como tirabuzones. De esta estancia se pasaba al lugar donde debía estar el comedor, pero también era lugar de acabado de los ataúdes, sobre dos caballetes se ponía la parte inferior y allí se tapizaba su interior, en el exterior se ponían las agarraderas laterales , las iniciales del difunto etc. vi en muchas ocasiones las combinaciones que se hacían para confeccionar alguna letra de la que no se disponía. Del comedor se pasaba por un pasillo hacia el patio, también había en este pasillo una escalera que descendía a un sótano en donde se guardaban apilados muchos ataúdes algunos muy lujosos, no me gustaba este lugar y pocas veces lo visité. En el patio había una parte cubierta que era la destinada al taller y el resto al descubierto y lleno de trastos, era un lugar no frecuentado a no ser que fuéramos a dar de comer a unas gallinas que estaban encerradas en jaulas. Referente a los trastos acumulados en el patio, abundaba todo lo que fuera de madera, muchos cajones de embalaje era la fuente de provisión de tablas para el fondo del ataúd y los clavos para clavarlas. Precisamente en los clavos tuve una de las primeras experiencias en estos menesteres, una vez desmontados los cajones las tablas se ordenaban por su tamaño y grueso, los clavos en una caja y como muchos estaban torcidos había que enderezarlos, aquí entraba yo de lleno, recibí las enseñanzas oportunas y sentado en el suelo con trozo de vía del tren que pesaba lo suyo, apenas la podía arrastrar, me disponía a dar martillazos a los retorcidos y escurridizos clavos, hay que ver como resbalaban y salían disparados, gracias a las repetidas recomendaciones del “Paco” que estaba muy pendiente de mi, no me chafé ningún dedo, continuamente me decía, sujeta el clavo con la mano izquierda por el lado de la punta y con el dedo moviéndolo hacia delante ó hacia atrás se va girando y con el martillo golpeas la parte curvada, y es verdad , pues cogiendo el clavo por la cabeza si se gira al dar el golpe te puede hacer mucho daño. Muy pronto me hice un experto enderezando clavos, además me gustaba la música del tintineo del martillo sobre el trozo de vía, marcaba un compás mientras posicionabas el clavo entre golpe y golpe, esta practica ya la conocía de los herreros al tiempo que forjan una barra de hierro al rojo mientras cambian de posición golpean sobre el yunque, que riqueza de sonidos, en cambio ahora no se puede decir lo mismo del ruido monótono de las máquinas. Como cosa anecdótica a este relato y a mi relación con el martillo, añadiría el accidente que tuve no trabajando si no por salirme de el. En uno de esos descansos que te tomas para variar de postura, me puse de pié pero sin soltar el martillo y sobre un poste de madera que sujetaba un alero del tejado, me puse a golpear el poste y por lo visto me hizo gracia la vibración que hacia, como niño que era y como todos los niños un “pelmazo”, repetí sin descanso hasta que de “golpe y porrazo”perdí el conocimiento, no sé el tiempo que permanecí así, cuando desperté me vi rodeado por todos y con la cabeza mojada y el pañuelo sobre la coronilla, de los golpes se desprendió un trozo de teja y me golpeó la cabeza, menos mal que solo fue un trozo si llega a ser entera la teja de aquellas que llaman “alicantinas” que son rectangulares, posiblemente ahora no estaría contando aquí estas cosas. Otra cosa que aprendí enseguida fue, el preparar la cola nos situábamos en un lugar despejado, limpio de virutas y demás sustancias combustibles, había que hacer fuego para calentar la cola, las propias virutas y recortes de madera era suficiente para organizar una mini fogata, tanto Pedro como Paco, preparaban el fuego como el cacharro donde se fundía la cola, el recipiente no podía ser más llamativo, al menos yo lo veía así, era como un cazo profundo con tres patas fijas en el , quedaba parado y por debajo se montaba la pira, tanto las patas como el resto estaba recubierto de la cola que rebosaba al hervir y ennegrecida por el humo y el fuego que acababa solidificándose, dejando el cacharro con un aspecto rugoso y deforme muy propio de laboratorio de una bruja sobre todo cuando hervía la cola, con un color marrón negruzco con su espuma blanco sucio y en medio de los borbotones la brocha danzando de un lado a otro, que espectáculo, yo me quedaba extasiado mirando el baile maldito de la brocha que daba verdadero asco el agarrárla para impregnar algo para encolar, había que lavarse las manos después de utilizarla para evitar que las manos se rebozaran con el serrín presente por todas partes.
Otro utensilio llamativo era la piedra de afilar circular de 40 o 50 centímetros de diámetro, estaba montada verticalmente sobre una bancada donde se apoyaba el eje que en un extremo acababa con forma de manivela y un espacio para ajustar una biela que conectaba a un pedal que era accionado por el propio afilador, el sistema era similar al que normalmente usaban los afiladores profesionales que por las calles vociferaban “afilador y paragüero”, se arreglan etc., la diferencia estaba en la piedra, esta afilaba con agua, en la propia bancada llevaba como un cajón con agua y siempre la parte inferior de la piedra estaba sumergida y en su rodar arrastraba el agua que ayudaba a afilar las cuchillas de los cepillos , los formones y demás herramientas de corte. Yo no afilaba en aquel entonces pero si era el que ponía la pierna para hacer funcionar este cachivache que al ser un movimiento alternativo tenías que ir muy sincronizado para no perder el pedal y para mantener unas revoluciones constantes. A todo lo descrito solo me cabe añadir que todas las funciones las dominé en muy poco tiempo y encajé perfectamente en el sistema, pronto ayudé a serrar, cepillar y lijar. Pasada la época de aprendizaje yo era una especie de comodín y atendía al que necesitaba ayuda, una de las cosas que más me divertía era poner las tablas del fondo, se empezaba siempre por la parte más ancha colocando la tabla sobre el ataúd y con un lápiz se marcaba la tabla y a continuación se cortaba la parte sobrante y quedaba lista para clavar, así una tras otra hasta completarlo, siempre había dos o tres en esta fase. Recuerdo como cosa relevante que cada tarde a la hora de la siesta me llevaba un montón de tebeos y hasta la hora que se reanudaba el trabajo nos situábamos en un ataúd a leer los tebeos, poníamos una tabla inclinada que hacía de respaldo y tan cómodamente nos ensimismábamos en la lectura , también nos quedábamos dormidos ante el silencio que reinaba.
domingo, 21 de septiembre de 2008
MERCADO DE GANADO
El relato siguiente lo fecharé en los años 1942-43 y muy bien pudiera ser cualquier viernes de Mayo ó Junio. El viernes era el día de mercado de ganado en Alcantarilla, un día muy importante donde se hacían importantes transacciones de ganado ovino, aquí confluían tratantes de ganado de las provincias andaluzas más cercanas, las provincias manchegas y las valencianas. Yo me sentaba en el portal de casa junto al bar y veía el ir y venir de la gente de los diferentes autobuses desde donde bajaban los tratantes con su garrote en la mano sus botas de media caña y su característico sombrero, aquí se iniciaban los contactos y después marchaban al mercado, este trasiego era constante durante toda la mañana y a medio día poco a poco se iba tranquilizando y todo el mundo buscaba acomodo sentándose dentro y fuera del bar para tomarse algo y celebrar los buenos negocios que habían realizado. Como yo pasaba toda la mañana y era asiduo espectador cada viernes ya me conocían muchos tratantes y siempre me preguntaban cosas que yo contestaba a mi manera, a veces les hacía gracia y reíamos todos, también me obsequiaban con alguna cosa, generalmente el célebre “perro gordo”, los diez céntimos. También era muy usual que hubiera algún cantante flamenco que amenizara el aperitivo, muchas veces encontraban la protección de un tratante que a base de convidarlo cantaba sin parar entre copa y copa. El tiempo pasaba pero para mí siempre era un presente con tanta distracción, ni de comer me acordaba, tenían que venir a buscarme y con gran pesar regresaba a casa.
martes, 22 de julio de 2008
LA MENDICIDAD DE LA EPOCA (1941)
Hoy voy a relatar un hecho con el protagonismo de mi madre y que tuvo lugar en mi pueblo Alcantarilla (Murcia). No puedo fijar la fecha exacta pero lo situo después de la guerra entre los años 1941 ó 1942. En aquella época había mucha miseria y abundaba los pedigüeños por todas partes y la verdad es que no era por no trabajar ó por cualquier otro motivo, era puramente hambre, el que pedía era para comer, pedían comida, las sobras que se pudieran tener en casa, ya que en aquella época si queda algo no se tiraba, se guardaba para agregarla a la siguiente comida ó bien para destinarlo a darlo al primer pobre que viniera, pues al segundo que viniera si no quedaba nada se le despedía diciéndole “perdona hermano, otra vez será”. El caso que voy a relatar, sucedió con un niño que más o menos tendría mi edad, seis ó siete años. Había entrado en casa por la puerta de la calle y subido las escaleras, hasta llegar a los pisos y desde allí se puso a dar gritos para que se le oyera, en estos momentos solamente estábamos mi madre y yo, mi tías y primas no estaban, pues es seguro que también hubieran salido a los gritos. Yo acudí el primero y al abrir la puerta me quedé mirando y sin decir nada, de igual manera estaba el visitante, mi madre apareció enseguida lo vio y con toda naturalidad lo llamó para que pasara, a partir de aquí yo solo fui espectador y estuve pendiente de todo lo que iba pasando y por lo visto me caló tanto lo sucedido que todavía lo estoy viendo tal como pasó. Pues bien , mi madre se llevó al niño al baño y lo bañó de arriba abajo, después lo vistió con ropas de las mías, luego lo llevó al comedor y sentado en la mesa le dio de comer, cuando terminó le hizo un paquete con su ropa y lo mandó para la calle con su madre, pues es de suponer que no venía solo. En todo este tiempo la única que hablaba era mi madre, dando explicaciones a este niño desconocido pero tal como transcurrió la impresión era como si fuera de la familia. Aquí acaba esta breve anécdota pero por corta que parezca debió transcurrir alrededor de una hora entre baño, búsqueda de ropa , vestirlo, sentarlo a la mesa, preparar el desayuno y la despedida. No se que conclusiones sacar de este hecho, no se puede tratar de un caso insólito pero tampoco es corriente. Por otra parte que se puede pensar de la persona que llevara al niño y lo mandara a pedir que en este caso son unos minutos y en cambio pasó un tiempo más que notable. Que pensaría la madre al ver un niño aseado y con ropa nueva, ¿se alegraría ó se disgustaría?, pues si al niño lo llevaba sucio y harapiento para dar lastima, mi madre le había estropeado el negocio del día. Y por último que pensaría el niño del baño y lo demás. Si no sabía lo que es bañarse le sentaría como un tiro, en cuanto a la comida como tenía hambre le vino de perlas, pero lo último que te larguen con la ropa sucia a la calle, ¿qué pensaría). Después de estar en el paraíso, a la calle otra vez.
martes, 1 de julio de 2008
Abril de 1939 fin de la guerra
Ya había cumplido los cuatro años, era por la mañana cuando mi madre me llamó con gran insistencia para que viniera a la habitación para asomarme por la ventana que tenía abierta de par en par y la persiana arriba del todo, nunca la había visto de esta manera siempre estaba cerrada y la persiana bajada dejando dos o tres lamas separadas para que no hubiera una oscuridad total, pues esta habitación no era de uso cotidiano hasta que me compraron una cama de chico mayor y fue entonces cuando se convirtió en mi residencia para todo, la cama era mi refugio los días de tormenta, no es que me metiera dentro sino que me metía debajo huyendo de los truenos que no podía soportar, me tapaba los oídos con las manos y a pesar de todo los grandes truenos retumbaban dentro de mi, no salía hasta que pasaban las nubes y los truenos solo eran un leve rumor. En la cama también pasaba mis miedos hasta que me dormía y también sirvió para pasar ratos castigado cuando me cansaba de estar en el suelo, también viví las emociones de la noche de reyes y el pronto despertar para ver que me habían traído. Volviendo al principio, acudí a las llamadas de mi madre me subió a una banqueta y desde allí estirándome todo lo que podía pude contemplar todo lo que pasaba por la calle Mayor desde lo más próximo hasta donde me alcanzaba la vista,. Era un no parar de vehículos y tropas que pasaban de derecha a izquierda en dirección a Murcia, la gente se agolpaba en ambas aceras dando vivas por que la guerra había terminado, mi madre repetía “la guerra se ha acabado” una y otra vez, yo no entendía nada ni decía nada estaba distraído viendo pasar todo aquello, no tengo ni idea de cuanto pudo durar todo aquello, creo que no llegó a acabarse nunca, pues la gente no se marchaba de la calle , cuando he recordado estos momentos con más años siempre lo he comparado como un domingo por la tarde, ya que la calle Mayor siempre ha sido el lugar de paseo y de encuentro de la gente. En aquellos momentos tampoco comprendía la alegría de mi madre, pero queda claro que si mi padre no estaba en aquel momento, es porque todavía estaba movilizado y este final de la odiosa guerra era ni más ni menos que el pronto regreso de
mi padre.
mi padre.
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